Las ruinas de la Primera Confitería son una especie de alegoría de la realidad tucumana: los lamentos por la pérdida del edificio aparecen cuando los años de abandono lo volvieron casi irrecuperable; hay familias que, siguiendo la lógica de supervivencia que les enseña la pobreza, aprovechan un predio olvidado para darles un techo precario a sus hijos. Y, como no podía ser de otra manera, la falta de decisión política, el desinterés oficial y los desentendimientos entre los funcionarios alargan la agonía de un inmueble que está amparado por el Sistema de Protección del Patrimonio Cultural y de los Bienes Arquitectónicos (leyes 7.500 y 7.535).

Lo que queda del edificio da pena. Por eso es entendible que haya quienes -con una mirada simplista, pero bastante pragmática- crean que la única solución es derribarlo. Lógico: es más fácil atraer inversores si no se los asusta con el desafío de rescatar el inmueble y, de paso, el Gobierno se ahorra el gasto de la tarea.

Por ejemplo, a algunos les parece una buena idea hacer allí una "posta para deportistas" (si es que les llegaran a cerrar los números de un emprendimiento de este tipo): un bar en el que ciclistas, caminantes y parapentistas puedan hacer un alto, descansar y consumir durante el día. Por la noche podría funcionar como restobar. A ellos, la vieja construcción no les sirve.

En el Ente Tucumán Turismo (ETT) también hay quienes opinan que conservarla no tiene sentido. Lo mismo creen en el Colegio de Arquitectos (realizaron un informe en 2009por pedido del presidente del ETT, Bernardo Racedo Aragón,y concluyeron que el deterioro es muy grande y que es difícil recuperarla).

Preocupados

Los que sí se aferran a la idea de evitar la demolición son los representantes de las universidades en la Comisión de Patrimonio de la Provincia. A ellos no los convence el estudio del Colegio (especifica claramente que fue sólo una inspección ocular) y temen que el resto de los miembros de la Comisión se vuelque por la idea de tirarla abajo (la institución puede emitir un dictamen, pero sólo se podrá hacerlo por medio de una ley aprobada por la Legislatura). Por esa razón, pidieron que las reuniones del cuerpo, que deberían empezar en marzo, se adelanten.

A ponerle el pecho

Ya no se puede seguir esquivándole el bulto a la decisión sobre qué hacer con la Primera Confitería. Culturalmente, su valor es innegable. A pesar de ser intangibles, los recuerdos de las experiencias vividas en ese lugar son tan concretos para varias generaciones de tucumanos como el concreto mismo de la pileta colapsada del predio (si no fuera así, no se habría desatado una polémica tras las publicaciones de LA GACETA).

Desde el punto de vista turístico, es inconcebible que el cerro (un regalo de la naturaleza que desde hace años sufre explotaciones económicas irresponsables, como la extracción indiscriminada de áridos) sea solamente un trozo de paisaje al fondo de la ciudad. El viaje desde El Corte hasta San Javier no debería durar 20 minutos, sino que se debería disfrutar durante mucho más tiempo ¿Cómo se lo lograría? Con emprendimientos de calidad que inviten al viajero a detenerse no sólo para disfrutar del verde inmenso, sino también para gastar dinero -al fin y al cabo, ese es el objetivo de la actividad- y para vivir experiencias que inviten a volver (además, con una ruta en buen estado, seguridad y limpieza).

Un ejemplo: en Córdoba, el Paseo del Buen Pastor, en el barrio de Nueva Córdoba, demuestra que es posible conjugar patrimonio, diseño, gastronomía y turismo. Se conservó y restauró la capilla y la fachada de la vieja cárcel de mujeres, pero en el mismo predio se levantaron restaurantes, tiendas y hasta la fuente del maravilloso espectáculo de aguas danzantes.

La Primera Confitería agoniza desde hace décadas y es hora de tomar una decisión. En este caso, los cuidados paliativos no sirven; hace falta una cura definitiva. Sería bueno que funcionarios y empresarios tengan en cuenta que ese abandonado edificio y su entorno no sólo están protegidos por la ley, sino que el recuerdo de sus años de esplendor está tatuado en la memoria de varias generaciones. Hoy son ruinas; mañana pueden convertirse en un nuevo producto turístico y cultural.